Biff and the Sinking Coal Freighter in Spanish

Biff y el barco carbonero que se hundía

Traductor: Lirio Garduño

Un cuento para mi nieta de cinco años, L.

Cuando era pequeño mi padre me contó la historia de un oso llamado Biff, que comandaba un remolcador en el canal Erié. Salía navegando a lo largo del canal, entre grandes filas de barcos y de gabarras cada vez que oía el silbato de vapor de las embarcaciones pidiendo un remolque.  Cuando no estaba empujando o jalando barcos y gabarras, salía a la pasarela, disfrutaba el olor a pasto que venía de los campos, y empezaba a pulir la campana de cobre que se encontraba justo afuera de la cabina de mando. No había un sólo capitán de remolcador que tuviera una campana tan pulida y brillante. Eso era porque Biff era el único oso capitán de remolcador. Todos los demás eran humanos.  Y porque no tenían pelambre no podían obtener un brillo realmente bueno en sus campanas.  En vano se cansaban de frotar con un pedazo de tela sus campanas de cobre.  Pero Biff solamente frotaba cualquier parte de su cuerpo que estuviera cerca cuando pasaba a proximidad de la campana. A veces le daba un pequeño cabezazo, a veces usaba la parte de atrás de su codo y, cuando estaba realmente contento, le daba un golpecito con su trasero al pasar.

A veces los capitanes de los remolcadores franqueaban las compuertas hacia el lago Erié, donde las cosas se podían poner difíciles durante las tempestades. Los otros capitanes de remolcadores tenían dificultades para quedarse de pie y circular en tan mal clima, pero Biff solamente bajaba en cuatro patas y hacía lo que había que hacer.  Ataba los cables de remolque al gran cabestran en medio del puente trasero.  Los descolgaba una vez la maniobra terminada.  Él podía hacer todo esto en las tempestades más terribles porque tenía cuatro patas.  Este tipo de clima lo estimulaba, lo hacía sentirse especialmente vivo, así que hasta en un clima peligroso, cuando pasaba cerca de la campana de cobre, la rozaba con el pelambre de alguna parte de su cuerpo.

Por todas esas razones, los capitanes de barcos y gabarras lo llamaban con sus silbatos cada vez que necesitaban un remolque confiable.  Y Biff contestaba a su vez haciendo sonar su brillante campana, y se acercaba a sus barcos a todo vapor.

Una noche, una gran tempestad sopló sobre el enorme lago negro, ancho como un océano.  Un barco carbonero muy grande estaba en problemas, y empezaba a llenarse de agua.  Sus silbidos desesperados llegaban hasta la costa con el viento nocturno, pero todos los remolcadores tenían miedo de salir entre las olas enormes y las ráfagas heladas de nieve casi derretida. Todos, excepto Biff, quien revistió su brillante impermeable amarillo, echó un poco más de carbón en la caldera bajo el puente, lanzó un silbido para que le abrieran las compuertas y se fue a todo vapor adentrándose en la noche furibunda.

Navegó veinte minutos antes de vislumbrar el buque de carga, bajo sobre el nivel del agua y en peligro de hundirse.  Los hombres le lanzaron una cuerda desde la proa del barco.  Biff la hizo llegar hasta la popa  de su remolcador, el SV Granpy, y jaló hasta poder atrapar el cable y engancharlo sobre el cabestran.  Entonces, a cuatro patas, se dirigió a la cabina de mando y empujó la palanca y el SV Granpy  jaló lentamente hasta que el cable se tensó por completo, entonces empezó a remolcar al buque carbonero en problemas. Si solamente pudiera llevarlo hasta la playa, el gran barco en peligro no se hundiría, porque allí no había mucho fondo. Pero el barco estando tan lleno de agua, no podía seguir una línea recta y se desviaba siempre hacia la derecha o hacia la izquierda, casi sin avanzar.

Biff estaba triste porque parecía que no iba a poder salvar al buque carbonero y a sus hombres. El barco se hundiría y los hombres probablemente perecerían ahogados.  Fue en este momento cuando oyó un silbido detrás de él, muy cerca.  Pudo ver otro remolcador en la oscuridad, acercándose cada vez más, a gran velocidad.  Su corazón dio un vuelco y Biff accionó su silbato en signo de bienvenida. Biff no podía distinguir al otro capitán en la oscuridad de su cabina de mando.  Pero sabía que este capitán remolcador era muy valiente por salir en medio de esas olas gigantescas con sólo dos piernas humanas sobre las cuales pararse.

Los marineros del buque carbonero en peligro lanzaron otra línea hacia el nuevo remolcador. Biff vio cómo el otro capitán – apenas una silueta amarilla en su impermeable – salió de su cabina, tomó la línea, alcanzó el cable, e hizo un nudo sobre el cabestran.  Ahora había dos remolcadores jalando el buque carbonero que amenazaba con hundirse, y así el barco en peligro pudo empezar a avanzar en línea recta.  Porque cada vez que intentaba dar hacia la izquierda o hacia la derecha, el otro remolcador lo jalaba y así tenía que avanzar obediente en línea recta.

Cuando el buque carbonero estuvo cerca de la playa, los remolcadores desataron sus cables y se dirigieron hacia la popa de éste; y aprovechando cada ola que los levantaba, empujaron el barco carbonero más lejos sobre la playa, donde las olas gigantes ya no podían hacerle daño.  La tripulación del buque, viéndose a salvo, lanzó una gran aclamación de agradecimiento a los dos capitanes de remolque.  Biff y el otro capitán les respondieron con una serie de silbidos para saludarlos.  Entonces los dos remolcadores, el de Biff y el otro, se alejaron de allí donde rompen las olas, alcanzaron aguas más profundas y fueron a todo vapor hacia las compuertas balanceándose tanto – porque las olas los golpeaban de lado – que ellos mismos estuvieron en peligro de volcarse y hundirse.

El anciano que manejaba las compuertas estaba afuera con su impermeable amarillo, esperándolos.  Y cuando llegaron, accionó una palanca; la máquina de vapor que movía las compuertas, rugió y rechinó y los enormes paneles de metal se abrieron ampliamente y los dos remolcadores se deslizaron a través de las grandes y negras puertas de acero, las puertas se cerraron detrás de ellos y los dos remolcadores avanzaron lentamente hasta detenerse en las aguas tranquilas y protegidas  del inicio del canal Erié.

Biff salió de su cabina de mando.  Quería agradecer al otro capitán por su valentía. Entonces el otro capitán salió de su propia cabina.  Era más pequeño que Biff y cuando se quitó su sombrero amarillo, Biff vio que no era un ser humano sino un oso como él, de hecho la osita más bonita que jamás hubiera visto.

Tenía ganas de dar un golpe a su brillante campana de cobre con su trasero de tan emocionado que estaba, pero se controló para dejar una buena impresión.  Pensó que ella era maravillosa.  Y lo era.  La más valiente, la más extraordinaria, la más linda osita que nunca vio.  “¿Le gustaría tomar una taza de té?”, preguntó ella a través del espacio entre los dos remolcadores. Mientras el viento aullaba sobre el lago y parte de él rugía sobre las copas de los árboles a los lados del canal, Biff avanzó y ató el SV Granpy a una boya de amarre.  Luego, ató el otro remolcador al suyo y contempló cómo los dos barcos empezaban a balancearse con el viento hasta que la línea de amarre se tensó y que los dos remolcadores quedaron con la proa haciendo frente al viento.

“El agua para el té está lista”, dijo el otro capitán.  Entonces Biff saltó por encima de ambas bordas, a la manera de los osos, y los dos juntos en cuatro patas atravesaron el puente hasta la cabina donde tomaron té caliente con galletas y se presentaron mutuamente.  Ya se tenían mucha admiración por la valentía de cada uno.  Y de todo esto nació una amistad profunda y duradera. Y un mes después ocurrió una boda entre dos valientes osos capitanes de remolcador, un tal Biff Bennett  a quien ustedes ya conocen, y la princesa de su vida, Eleanor, la valiente comandante del SS Claypool.

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